La lideresa del reciclaje

El fenómeno Isabel Díaz Ayuso es, en esencia, un trumpismo a la madrileña. Enraizado en el mismo sentimiento de superioridad, subconsciente o más evidente, que Trump supo explotar en sus votantes, Ayuso lo lleva al terreno anti-Trump por antonomasia: la capital del país, el centro del poder político y económico, hogar de los privilegiados y poderosos, de los que llegaron de todos los rincones de España atraídos por las oportunidades educativas y profesionales, dejando atrás a sus amigos y familiares hillbillies en la España vaciada.


Sus mensajes han definido la campaña desde el primer día, en una estrategia tan polarizadora como ganadora. Con su mensaje de “vivir a la madrileña”, Ayuso les decía a los habitantes de la Comunidad que ellos son mejores que el resto. Con su mensaje de “libertad”, Ayuso les decía que se merecían tener más derechos que el resto. Con su mensaje de bajar todavía más los impuestos en una Comunidad donde ya no se pagan impuestos de patrimonio ni de sucesión, Ayuso les decía que, por ser quiénes son, merecían pagar menos impuestos que el resto. Y este mensaje ha calado en la capital. Poco antes de ser nombrada candidata del PP a las elecciones de 2019, Ayuso argumentaba que Vox era un partido con valores “de la gente de bien”: son estos valores a los que ella responde, y esa gente de bien la que ella ha sabido movilizar.

Se trata de un mensaje de suma cero para el resto del país, incluso contrario al zeitgeist global en materia fiscal y económica, pero que, en un contexto en el que parece verse la luz al final del túnel de la pandemia, resulta ganador. Gana en un territorio que ha visto como le cerraban las fronteras interiores, como se veía señalado –con cierta justicia– por su mala gestión de la pandemia y, por ende, por expandir el virus por todo el país. Estos madrileños infectados, que han podido seguir yendo a sus bares y terrazas a tomarse sus cañas, se han vengado del Gobierno central y del resto de España, de la periferia que les señalaba.

Ayuso ha sabido sacar rédito del carácter especial de la capital. De su riqueza, alentada por el efecto capital de un estado descentralizado pero centralista a la vez. De la forma de pensar de muchas de sus gentes, orgullosas de formar parte de esta capitalidad, de esta centralidad. De un modelo de gestión avalado por 26 años de experiencia, amiguismo y corrupción, pero efectivo en determinados aspectos de vital importancia. Aun a costa de crear un sistema de pseudoapartheid educativo, la tasa de abandono escolar de Madrid, del 10,4%, mejora en 6,3 puntos la media registrada en España, y es casi 8 puntos inferior al de Cataluña. El efecto capitalidad funciona y se retroalimenta.

No debemos, sin embargo, considerar este discurso identitario y esencialmente elitista de la lideresa madrileña un caso aislado en España. El mismo supremacismo madrileño que propugna Ayuso es, en gran medida, idéntico al que empuja al secesionismo catalán. El “Espanya ens roba” del separatismo está también encapsulado en el mensaje que lanza un madrileño que, no contento con los privilegios de habitar en un entorno que ofrece mayores oportunidades económicas, quiere pagar menos impuestos y aplaude la competencia fiscal a la baja aun a costa de empobrecer más al resto de regiones con menores oportunidades de desarrollo económico. 

Más allá del contexto, el reciclaje de ideas es lo que le ha dado la victoria a Ayuso. Como buena librecambista neoliberal, no le importa que vengan del otro lado del Atlántico o del extremo nororiental de la península ibérica. Porque lo que importa es vender. Y no será fácil que se acepten devoluciones.


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